Día del Padre
A veces estoy tan descuidada que llegan esos pensamientos que, creía, ya habían sido desterrados. Y me acuerdo de ella y de él, es decir, de mi papá y su esposa. En aquél tiempo aún no era su esposa porque a él le había dado mucha pereza echar a andar toda la papelería del divorcio. Ella era joven, aunque tampoco tanto. Yo era, siempre fui, soy y siempre seré una niña bastante problemática. Ella estaba absolutamente insegura porque su “pareja” estaba casado legalmente con otra mujer. Yo tenía once años y era un ato de hormonas, adolescencias y rebeldías… tanto así que si llegué a vivir con ellos fue porque me peleé a muerte con mi mamá.
Y mi abuela estuvo, estaba y siempre ha estado loca. Y sigue loca. Casi tiene 90 años y su locura está intacta.
Lo cuál es muy relevante en la narración porque, cuando mi papá no podía cuidarnos, mandaba traer a mi abuela de México para que ella se hiciera cargo de nosotras. Y mi abuela nos hablaba pestes de mi mamá. Y mi abuela le hablaba pestes de mi mamá a la esposa de mi papá, lo cuál no hubiera estado mal ni sería raro si no fuera porque alimentó en ella una paranóia de proporciones cósmicas. Era evidente, según el modo de ver del par de locas, que mi malvada madre me había enviado como un agente para romper aquél incipiente matrimonio. Así que mis desplantes de adolescente problema fueron interpretados como riesgo de cataclismo en aquella relación.
Y entonces ella lo hizo. Hizo aquello por lo cuál le deseo todos los males habidos y por haber en la tierra. Hizo aquello por lo cuál me regodeo en pensar que es 16 años más joven que mi papá y que no tuvo hijos, y que pasará una vejez larga y dolorosa, abandonada y siendo siempre sustituida por algo más prioritario que ella.
Obligó a mi papá a elegir entre ella y yo. Y él la eligió a ella. Y tengo casi 34 años y no me he recuperado.
Ella me prohibió durante años, los de mi adolescencia y todos los demás a acercarme a su casa. Es decir, a la casa de mi padre. A la cuál sí podían ir mis hermanos. Mis primos. Cualquiera que no fuera la apestada de Paloma.
Y en días como hoy, día del padre, pienso que lo más sensato sería pagarle con la misma moneda y sacarla para siempre de mi vida y de mis pensamientos.
Te prohibo volver a mi vida, maldita gorda inmunda.